Esperanza
Para describir lo que pasó, está pasando y va a pasar en Comodoro respecto al temporal, elegí la palabra: Esperanza. Siempre me ha gustado su significado. Desde mi punto de vista, la esperanza es la que nos impulsa a seguir adelante a pesar de las piedras que podamos encontrar en nuestro camino. La voluntad para levantarse tiene que salir de uno, independientemente si esa persona es ayudada o no. Como escuché una vez, tenemos que ser capaces de ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío.
Y todos los ciudadanos de Comodoro Rivadavia hemos estado frente a este sentimiento, luchando internamente contra el miedo, la desesperación, la soledad, la preocupación y la tristeza. Nuestras almas fueron azotadas y sumidas en la oscuridad, e inclusive se puede decir que seguimos estando en ella, escondidos bajo un cielo plagado de nubes grises con la promesa de una amenaza viviente.
Escuchamos “30 de marzo”, “tormenta”, “temporal”, “lluvia”, “encierro”, “barro”, y nuestros corazones tiemblan mientras son abrazados por los tenebrosos recuerdos. Recibimos alertas y avisos del peligro que se avecinaba, pero nunca imaginamos que los efectos serían tan devastadores. La infraestructura no estaba preparada para prevenir los desastres que sucedieron uno tras otro. Volvimos a nuestras casas un miércoles, aliviados por poder descansar por fin, pero esa burbuja de protección se resquebrajó cuando cayeron las primeras gotas. Nuestros ánimos se hundieron junto con el agua que corría por las calles. Nos mantuvimos con las puertas y las ventanas cerradas a la vez que nos dábamos cuenta que, desgraciadamente, estábamos equivocados. No era una “lluvia cualquiera”. La adolescente que está escribiendo esto les confirma que no fue una lluvia cualquiera.
Fue una tormenta que destruyó casas, edificios, hogares; que inundó cada rincón y que arrastró el barro hacia todos los vecindarios; que cortó la electricidad y destruyó nuestras vías de comunicación; que detuvo el servicio del agua y la contaminó; que se llevó los alimentos, las ropas, los útiles y, en general, incontables pertenencias de muchas personas; y que provocó nuestros sollozos ahogados, desesperación frenética llena de angustia y nuestra más profunda desesperanza.
Sí, desesperanza. Es lo opuesto a lo que escribí al principio. Es lo que intentó enfermarnos repetidas veces al comienzo, durante y después del temporal. Pero seguimos acá, volviendo a salir de nuestros encierros, desahogándonos con nuestros seres queridos, compartiendo nuestros recursos con quien lo necesita e ideando mejores planes por si aquél enemigo que afrontamos todos de la mano, regresa a lastimarnos. Una de las características de un ser humano es que no puede sobrevivir en soledad, sin la compañía del otro, porque vivimos comunicándonos, amando, odiando, queriendo, enojándonos y llorando. Sentimos gracias a que hay otras personas que nos hacen sentir. Por eso seguimos acá.
Seguimos acá porque hubieron (y hay) gente que salió en lanchas, kayaks, o botes, para salvar a los demás que estaban atrapados, solos y desesperados; porque compartimos nuestros bienes con el otro y hablamos, escuchando experiencias diferentes de múltiples fuentes; porque al vernos, nos refugiamos en un abrazo con el que nos mantuvimos en pie; y seguimos acá porque la esperanza todavía se respira entre nosotros y somos capaces de apoyarnos en ella para seguir adelante.
Porque, a pesar de todo, vemos el vaso medio lleno en vez de medio vacío.
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