Sola
Sin darme cuenta, había empezado a temblar.
Estaba esperando a una persona sentada en las escaleras de una galería. Fui temprano porque me gusta ser puntual. El dejar esperando a mis futuros acompañantes no era mi estilo. En vez de eso, yo era la que se quedaba siempre esperando.
Sola.
El frío me pegaba en las piernas desnudas mientras trataba de taparme con mis frágiles brazos. Y, sin darme cuenta, había empezado a temblar.
Los recuerdos vinieron a mi mente como un río que rompe las barreras que lo retenían, con toda la fiereza del mundo. De repente, el miedo se instaló en mí, tal cual como lo fue ese día, en el que salí caminando hacia la casa de un amigo.
Sola.
Muchas veces había ido caminando sin problemas, ya que vivía cerca de mi casa. Nunca me había pasado nada malo, teniendo en cuenta que anteriormente mi casa se encontraba en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. Nos mudamos después de nuestras malas experiencias a uno muy lejos de esa zona, a un lugar conocido por ser seguro. Supuestamente.
Caminaba a paso lento, a mi ritmo, con mis típicos pensamientos estúpidos en la cabeza, balanceando mis brazos y piernas, con el bolso atravesando mi pecho e imaginando todo lo que haríamos mi amigo y yo. Su casa era mucho más genial que la mía, más grande y con más cosas. Lo malo era que estaba muy cerca del aeropuerto, por lo que varias veces el estruendo de los aviones lo molestaba, ya sea cuando estaba en una llamada en Skype, cuando hacía la tarea o simplemente cuando dormía.
Yo ya estaba acercándome ahí, con una sonrisa que recién nacía en mi rostro, hasta que sentí ojos sobre mí. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
Un escalofrío como aquél me volvió a recorrer la espalda, como si los dedos de un muerto me acariciaran con un deseo insostenible de vida.
Cerré los ojos con fuerza y volví a ver al auto rojo que apareció de la nada detrás de mí. Por un momento, había pensado que se iba a estacionar frente a una de las casas que se encontraban en esa calle, pero al seguir caminando noté que todavía avanzaba.
Hacia mí.
Un pinchazo de miedo me electrizó en un instante y mi cuerpo tiró la alarma. Me congelé y no pude pensar.
¿Qué está pasando?
Sólo pasaron unos segundos cuando miré hacia la izquierda y me encontré con la ventanilla del auto abierta. La cabeza de un hombre asomaba de ella. Sus ojos se clavaron en mí. Y me habló.
¡No! ¡Era imposible! ¡Esto no me puede estar pasando!
—Súbete.
Una gota de sudor bajó por mi cuello y se hundió debajo de mi remera. Apreté los dientes, reuní fuerzas y salí corriendo hacia la casa de mi amigo, como una loca desquiciada.
¿Cómo era posible que justamente me agarrara cerca del aeropuerto, en una de las calles más anchas, por donde pasaban un montón de vehículos todo el tiempo?
Justamente, no pasaba nadie en ese momento. Ni una sola alma que evidenciara lo que había sucedido.
Una pierna tras otra, resbalando una y otra vez, todavía sin caer en lo que estaba metida.
¡Estaba cerca! Sólo faltaba un poco más y ya me encontraría frente a las rejas de su casa. Miré hacia atrás.
No estaba.
Llamé a mi amigo un montón de veces, grité, golpeé las rejas, le envié millones de mensajes y nada. Mi mala suerte era inacabable. Tendría que irme otra vez antes de que ese maldito auto apareciera por alguna otra esquina.
Caminé de vuelta por donde vine. Mis piernas temblaban. Todo mi cuerpo temblaba. Todo mi ser estaba al borde de caerse en un pozo emocional profundo. Seguí caminando. Ya no estaba sonriendo.
Cuando llegué a mi casa y cerré todo con llave, me senté en el sillón y marqué el número de mi mamá, la cual se había ido sólo unos minutos antes. Cuando me contestó, no pude evitar caer en el llanto. Apenas se entendió lo que le conté, pero enseguida me dijo que me calmara, que ella ya venía de nuevo a casa.
Y ahí estaba yo, esperando a una persona en las escaleras de una galería, sola.
Recién me di cuenta de que iba a estar esperándolo sola cuando me senté. Había pasado un mes desde que ese hombre había intentado que me subiera a su auto, y me había cuidado de no salir. Me encerré y, cuando tenía que hacerlo, procuré el estar siempre acompañada de alguien más.
Sin darme cuenta, había empezado a temblar y mi persona especial, que ya había aparecido, se encontraba abrazándome, ofreciéndome un refugio, una salvación entre sus brazos.

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