Recuerdos de la infancia
Odio estas noches.
¡Morfeo llega tarde! ¿Es que también tiene que ir a esas reuniones formales que tienen personas con suficiente dinero como para comprarse un elefante con alas? Se ha olvidado de mí antes de irse. Ahora resulta que me tengo que quedar despierta, divagando. He dado muchas vueltas en mi cama, tratando de buscar la postura adecuada, aunque nunca encuentro una cómoda. Tomo la almohada y la abrazo, encogiéndome en mi misma.
La habitación está a oscuras, y yo me quedo mirando el techo con ojos vacíos. Pensamientos sobre cualquier cosa inundan mi mente, y a la vez simplemente… Nada, me quedo con la mente en blanco. El silencio reina en pasillos y salones, interrumpido nada más por la sonora respiración lenta y suave de mi madre en la otra cama. Las hojas de mi árbol más querido se hacen escuchar luego de un suspiro del viento.
Sonrío a mi pesar. Era uno de esos momentos perfectos que me llevan a otro lugar. Lugares en donde no me pueden perseguir, lugares que me pertenecen a mí… A mis recuerdos. Cierro los ojos lentamente, sabiendo aun así que no me dormiría, pues, el sueño no me ha pegado todavía. De esta manera era más fácil trasladarse…
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—Vale, solo vayan un rato, luego vuelven que es muy tarde.
Los tres niños asintieron y cruzaron la puerta con entusiasmo. Era de noche y la luna brillaba como siempre en lo alto. Las calles eran silenciosas, los perros aullaban, los gritos de personas en fiestas nocturnas se escuchaban a lo lejos… Todo esto daba un toque lúgubre al lugar.
—¡¡Eh, vamos atrás, vamos!! —Uno de los niños señala hacia un patio detrás de la casa, aunque no se podía ver nada por la profunda oscuridad que lo impregnaba todo.
—¡¡No, me da miedo!! —Otro niño negó con la cabeza repetidas veces.
—Ah, da igual, vayan ustedes mientras yo me quedo. —La pequeña ríe mientras da vueltas en el asfalto.
—Está bien. Luego no nos llames muerta de miedo, Florencia. —El primer niño se llevó al segundo a rastras.
La tal Florencia se quedó mirando el cielo, con sus estrellas y su luna. Solo eran dos cosillas, estrellas y una luna, pero aun así se veía hermoso a la vista. Sonríe, pero algo interrumpió de repente sus pensamientos. Un papel de diario le cubre el rostro mientras un viento furioso la rodeaba. Ella agita su cabeza hacia los lados y mira lo que decía éste, concentrándose en armar las letras para formar las palabras en su mente. Luego de un rato los otros dos niños llegan gritando, asustados.
—¡¡Miren, miren, esta hoja me pegó en el rostro!! —Les muestra el pequeño diario y uno de los niños, Nico, lo lee en voz alta.
—El señor… 200.000 muertes…
Todos se quedan en silencio un momento. El de nombre Agustín empieza a correr en círculos, gritando a todo pulmón.
—¡¡Ese es, ese es!!
—¿Uh? —Florencia se encuentra confundida mientras Nico comienza a temblar.
—Es que… Cuando fuimos al patio, vimos una sombra… ¡¡Y era la de un hombre!!
—¡¡Era ése, era ése!! ¡¡Corran, corran!!
Los tres niños se meten dentro de la casa, apresurados y aterrados.
—¿Oh? ¿Qué pasó que están así de asustados? —preguntó una mujer sentada sobre un sofá, con el control remoto en la mano y mirando la televisión.
Nico, Agustín y Florencia se sientan junto a ella y le comienzan a contar todo lo sucedido.
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Otra vez se encontraban en el patio, solo que ahora estaban en una situación diferente, y… Con otras personas. Todo el grupo avanzaba lentamente, intentando no hacer el más mínimo ruido y mirando por encima de sus cabezas con discreción. La niña que ya conocemos, Florencia, estaba entre ellos. Traía un tipo de madera entre sus manos, con una tela elástica blanquecina atada a él. De repente, se queda quieta, y escucha como una piedra pasa rozando por encima de su cabeza. De inmediato se reincorpora y señala al techo de los vecinos.
—¡¡Emboscada, embocada!!
Todos corren a sus puestos. Matías se sube a una de las ramas del árbol, Agustín se acomoda encima del techo, Eduardo se cubre detrás de un arbusto, y Nico se esconde entre la oscuridad. Florencia solo se queda en donde está, agachada y vigilando a los otros dos chicos encima del techo de los vecinos. Los enemigos.
Los niños cargan sus armas y empiezan a tirar las piedras hacia los chicos del “otro bando”, aunque éstos lo esquivaban con facilidad. Eduardo intentaba cargar el arma, poner la piedra de forma adecuada en el elástico, pero se le caía al suelo sin más. Florencia iba a ayudarle cuando una de las piedras de él sale volando. Todos miran asombrados la pequeña piedra, que rebota entre ellos, y al final se detiene en el muslo de unos de los enemigos. Éste grita de dolor y cae al suelo, derrotado. Su compañero lo levanta y se retiran.
Matías se baja del árbol, Agustín salta del techo, Eduardo mira su arma con asombro, y Nico sale de la oscuridad, buscando municiones. Florencia sonríe.
—¡¡Victoria!!
Levanta los brazos y todos gritan, sonriendo. Rodean a Eduardo y se ríen. Otra noche más de aventuras había pasado. Cansados, corren hacia dentro de la casa en busca de otro juego por el cual divertirse.
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Suelto una pequeña risa, a lo cual tapo mi boca de inmediato. Miro hacia los lados y compruebo que mi madre está profundamente dormida como para escucharme. Suspiro de alivio y vuelvo a cerrar los ojos.
Me encuentro en un mundo blanco, sin nada, solo yo y… Un hombre. No se le puede ver bien ya que una espesa neblina lo cubre. Me cruzo de brazos, mirándolo desafiante.
—Has llegado tarde.
—No fue mi culpa, me tenía que ir.
—¿Otras de tus reuniones?
—Bueno, digamos que sí… —rio.
—Otra de tus fiestas. —Enarco mis cejas.
—Da igual, lo importante es que me la pasé bien…
Me doy la vuelta.
—Hablaremos sobre eso luego, Morfeo. Ahora solo, ¿puedes dormirme? Estuve esperándote horas. —Una pequeña risa escapa de él y supongo que debió de estar sonriendo.
—Como quieras, estaré preparándome para ver qué reto estás planeando esta vez.
Mi mente comienza a blanquearse, y dejo de sentir mi cuerpo.
—¡¡Por fin!! ¡¡Viva!! —Mis ojos se cierran lentamente.
—Ah, por cierto, las flores que me pediste no las encontré…
—Espera ¡¡¿Cómo?!! ¡¡Me lo prometiste…!!
Pero no puedo levantar mis párpados. Siempre con sus jugarretas tramposas, ahora… Tengo sueño… Me duermo…
Florencia se encontraba encogida y abrazando a la almohada, con los ojos cerrados y durmiendo tranquilamente. La única diferencia es que… ¿De dónde han salido esas flores encima de su cama?
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